Y la nave… va

Desde hoy está disponible una nueva edición de La Nave de los Locos. Es el número 37, tiene formato libro y 187 páginas. Según sus editores, la nueva Nave saldrá una vez al año y “mientras duren las ganas”. Se puede adquirir en Lulu por “la ridícula suma de 14 dólares”. Para transmitir cabalmente la importancia que tiene esta revista (al menos para mí y para otro montón de lunáticos como yo), rescato una nota que entregué a sus editores, Sergio Sánchez y Diego Zúñiga, allá por 2006, en el número que iba a ser de despedida. El texto hoy regresa como bienvenida.

Emotiva semblanza porteña de un periodista argentino que ya empieza a sentir nostalgias por la tribuna ufológica chilena que le prodigó -según él mismo admite- “maravillosos momentos de entretenimiento intelectual”. Ofrece una coartada para no secarse las lágrimas. “Todos los nombres que vimos desfilar en este manicomio encantador -escribe- no han muerto. Se han transformado.”

Hace muchos años, cuando La Nave de los Locos no existía, viajé a Chile en “misión ufológica”. Había convencido a los directores de la edición argentina de la revista Conozca Más para que me enviaran a Santiago a reinvestigar el caso chileno más famoso, el del Cabo Valdés. Ahora no recuerdo qué año corría; creo que 1993. En Conozca… les daba igual que viajara o no, sólo necesitaban un retrato del testigo y si era por entrevistar a Valdés, náh; les daba igual que hablara con él desde Buenos Aires. Ese viaje que hice hace unos quince años, cuando La Nave de los Locos no existía, es decir, cuando Diego Zúñiga y Sergio Sánchez no se habían conocido, hubiera debido ser el más aburrido de mis viajes a Santiago. Pero no lo fue: gracias a Jorge Anfrus (quien me reveló que no necesariamente hay que ser argentino para suicidarse desde lo alto de su ego) conocí a personajes maravillosos, en el más ambigüo y profundo latido de la palabra, como Jaime Tamayo, Mario Dussuel, Paola Maluje y Rodrigo Fuenzalida. Los artífices de La Nave de los Locos, obviamente, ya existían (Diego sería un purrete, pero para entonces, creo, Sergio ya sería papá). El punto es que todavía no los conocía y La Nave tampoco existía.

Fue a través de Rodrigo que, en 1996, volví a Santiago por un congreso que el grupo ufológico AION organizó en la USACH. Al finalizar mi conferencia, un chispazo me hizo sentir que en Chile existía otra ufología. Se me presentó, casi sin emitir palabra, un desconocido que aseguró ser abogado (o estar por recibirse de abogado, ya me corregirán…). Era Sergio, claro. En ese acto, me entregaba un ejemplar de Nueva Ufología. Sin duda, Sergio ignoraba cuánto valor tenían esas fotocopias para mí. Otrosí digo: lo que Sergio ignoraba era cuánto valor hubieran tenido esas fotocopias para mí tres años antes, cuando no encontraba a ningún ufólogo suficientemente motivado como para ayudarme a revisar el caso de Putre (¡¡¡ni contábamos con la televisión, que enseguida iba a pasarle la topadora!!!). Sergio debió ser una de las últimas personas, aparte de Luis R. González (otro que junto con José Juan Montejo se resistió al email casi hasta el fin), con las que me cartée (*).

Hasta que, un buen día, el amigo cruzó la Cordillera, apareció en casa y charlamos hasta que abusar de las palabras nos secó la garganta; esas conversaciones, quizá menos extensas de lo que uno las recuerda, pero que luego te dejan el sabor de que siguieron hasta el amanecer. Todas esas dudas, todas esas preguntas, esas modestas certezas que compartíamos pese a la distancia que separa a personas que se empiezan a conocer, eran el presagio de esa extraña sorpresa… esa despampanante obra de filofalsía posufológica. Me refiero, claro, a su Pasaporte a OVNIlandia.

Poco después aterrizaron las primeras Naves de papel. Toda una novedad. Y, argentinos al fin, no pudimos dejar de cotejar aquel esfuerzo singularmente chileno con el nuestro, pero de un pasado en el que ya no nos reconocíamos. ¡En Chile se “reeditaba” Ufo Press ! ¡Y NOSOTROS (el ego va siempre en mayúscula, Zerpa dixit) no tuvimos nada que ver!

Hay otro modo de explicar la comparación, y tiene que ver con una frustración chauvinista. En la Argentina pocos, mejor dicho nadie, o casi nadie, había retomado el camino de quienes tratamos de continuar la “ufología científica” iniciada en los setenta por nuestros admirados Oscar Uriondo, Oscar Galíndez y Guillermo Roncoroni. Y leer en La Nave que una de las personas con mayor cultura ufológica del planeta, el italiano Edoardo Russo, dijera que “no había salido nada mejor en Sudamérica desde Ufo Press”, más que honrar a la publicación chilena, que se bastaba a sí misma, era una desmesura para Ufo Press, porque nuestro boletín (y esto no es un alarde de falsa modestia) no le llegó, tampoco en las mejores épocas, ni a los talones.

Tantos años después, llevando una vida profesional enredada en asuntos tan dispares, uno debería sentirse poco orgulloso de haber editado un boletín sobre platillos voladores. Pero admito que fue un gustazo reencontrar en el espíritu de una publicación trasandina lo que imaginábamos hubiera debido ser nuestro propio trabajo, si hubiésemos continuado en la senda. La Nave había construido su propia identidad. Era una marca, un estilo: una pesadilla para los charlatanes del ufo-circus y un respiradero para los ufólogos sin tribuna.

En esos ejemplares (que ahora apilé a modo de fetiche al lado de mi PC), Diego aportaba la cuota satírica, que a esas alturas del milenio toda ufología que se preciara debía poseer; y Sergio, que también daba leña, condimentaba el plato con sus reflexiones sobre las más seductoras teorías ufológicas que irrumpieron a lo largo de la historia. Sin saber cuánto trabajaba cada uno en el proyecto, ambos parecían formar parte de un equipo envidiable, endiabladamente equilibrado. Y tender una mano a los locos de La Nave no solamente era una cuestión de amistad o solidaridad sino de principios.

Después de un memorable viaje que hiciera Diego a Buenos Aires, en ocasión del irrepetible encuentro de La Forja en 2001, quedó un reportaje que me hizo para La Nave donde decía: “Cada vez me gusta menos que me llamen ufólogo”. Me pasaba lo mismo -aclaré- si me llamaban escéptico (por aquello de que es preferible ser un módico periodista a que le endosen cualquier etiqueta de la cual uno pueda arrepentirse después). Traigo la idea a cuento porque, en aquella oportunidad, Diego me pescó en medio de una transición. Releyendo el reportaje, caigo: yo estaba intentando deshacerme de la ufología con la arrogancia de quien trata de quitarse pelusa del saco (sin darse cuenta de que esa pelusa es parte del saco). Buen momento para recordar que las bisagras son esenciales en la evolución de las personas, de los proyectos y de las obras a las que les ponemos algún valor agregado personal. Instancias en las que nos empieza a importar poco lo que vamos dejando atrás porque lo que más nos interesa es mirar el futuro con claridad.

Percibo algo sabio en la decisión de los editores de La Nave de los Locos de no desaparecer de repente; en esta intención de armar un número donde -quienes tuvimos algo que ver con La Nave– nos podamos despedir de la única revista iberoamericana que le dedicó un monográfico a Phil Klass; que le dedicó una buena suma de páginas a la Hipótesis Psico Social; que se bancó publicar los densos mamotretos de Martin Kottmeyer, Pierre Lagrange o Luis Ruiz Noguez; que rescató a Milton Hourcade y encontró un punto de equilibrio entre ufología y escepticismo -y no como el mantra esperpéntico que recitan los que rinden culto a la Diosa Razón sino como herramienta intelectual, porque ese, si lo hay, debe ser el mérito del escepticismo. Porque todas las ideas, todas las historias, todos los nombres que vimos desfilar en este manicomio encantador, no han muerto. Se han transformado.

Detectar las nuevas apariencias de los que seguimos persiguiendo a las zancadas a ese monstruo bizarro que son los mitos, los fenómenos y las experiencias que nos interesa comprender y desmenuzar, quedará a cargo de la inteligencia de los señores pasajeros; Diego, Sergio y el resto de la tripulación nos han enseñado (a lo largo de 7 años y 35 Naves) que está bien confiar en ella.

El siglo XXI empezó más rápido de de lo que creíamos. Ahora, un ciclo se interrumpe.

No olviden que la diversión, como la humedad, siempre encuentra zonas porosas: sabe por donde escurrirse. La fiesta embrujada de los exorcistas de mitos sigue en otras partes.

Alejandro Agostinelli

(*) CARTEARSE: Dícese del intercambio postal. Sistema de envío de correspondencia antecesor al correo electrónico. Consistía en meter un texto, postal o mensaje dentro de un sobre con bordes engomados, pegar en uno de los lados uno o más papelitos ilustrados (“estampillas”), hacerlos sellar en una oficina de correos, donde se encargaban de despachar los sobres por tierra, barco o avión. Recibir una carta era toda una aventura: no siempre llegaban a destino y algunos ufólogos no perdíamos la esperanza de recibir carta con yapa. Una que nos trajera noticias de los habitantes del planeta Ummo.

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3 Respuestas a “Y la nave… va

  1. ¡Fantástica nota! Parece el sentimental de resumen de una película que cautivó al lector. Una magia temporal envidiable ¡Que siga el viaje de la nave!

  2. ERROR: “…que cautivó al redactor”

  3. Gracias Nahuel! Perdón lo lento de mi reacción: recién ahora leo tu comentario 😦

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