Archivo de la categoría: CREENCIAS INTENSAS

Diga “33”

La grandiosa epopeya que rescató de las fauces de la Tierra a los mineros chilenos nos llevó de regreso al mágico significado de los números, siendo el “33” (la cantidad de trabajadores de la mina San José rescatados esta semana) el código que abre la caja de la alegría, la suerte y los milagros, gracias a las más diversas combinaciones, empezando por la edad de Cristo y siguiendo con el número de días que llevó cavar el túnel por donde salieron, uno tras otro, hasta contar 33 mineros.


Durante estos días se ha mentado, repetido e insistido tantas veces la bendita cifra que las muchedumbres tomaron Quinielas y Loterías por asalto para hacer la misma apuesta, que si salía bien iba a socializar como pocas veces el pozo de la fortuna. Sin embargo, el juego ignoró al 33, causando oleadas de mal humor entre miles de cabuleros dados a la numerología.
Otros consultaron el manual de interpretación de sueños y optaron por el 11, número que representa al minero. Y les fue mejor: ayer, en uno de los sorteos de la lotería de la Provincia de Buenos Aires, salió el 3711 en primer lugar.
¿Qué puede significar esto? Bueno, muchas cosas diferentes. Si me apuran, se me ocurren dos. 1) Que el azar es más fuerte que la magia. 2) Que Cristo (porque eso es lo que representa “33” en el manual de los sueños) le escapó al azar porque no cree en la predestinación, ni en los números benditos.
Lo importante -obvio- es que los 33 mineros chilenos ya están a salvo. Gracias a la solidaridad, la tecnología y a un conjunto de decisiones adecuadas, una de las lecciones más importantes del rescate excede a la numerología: estas experiencias ayudan al Hombre a creer más en sí mismo. Y creer en nuestra especie es un gran antídoto para aventar los excesos de fe en causas ajenas a la voluntad propia y colectiva.

Nota: Recomiendo visitar El corazón del bosque, donde te sorprenderá saber cuántos chilenos fallecieron en accidentes mineros en lo que va de 2010.

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El gran gurú argentino ha muerto

Mario Rodríguez Cobo nació en Mendoza el 6 de enero de 1938 y murió ayer, jueves 16 de septiembre de 2010, a las 23.30 horas.

Era más conocido como Silo, Silas o El Negro. Tenía 72 años y seguramente se retiró satisfecho: dejó dicho, conversado y plasmado en tapes, discursos y libros todo lo que quiso decir.

Sus ideas ahora están servidas, a disposición de cualquiera. De ellas se nutrirán sus seguidores, sus detractores y, quizás, nuevos interesados que querrán saber exactamente qué aporto de nuevo este señor, mendocino, estudiante de Derecho y de Ciencias Políticas, iniciado en escuelas esotéricas y porfiado fundador de comunidades espirituales, todas parecidas pero diferentes, todas iguales pero con diversos nombres, que se orientaron desde lo mágico a lo religioso, desde lo cósmico-espiritual a lo político, y desde lo partidario a lo filosófico.

¿Quién fue Silo? En 1969, su figura crística y revoltosa alcanzó la cima. Tenía 31 años y era un empresario vitivinícola. No largó todo y se retiró del mundo. Pero sin duda notó que su palabra despertaba interés y buscó cómo aprovechar un auditorio receptivo para construir algo que no existía.

En mayo de ese año, los militares mendocinos decidieron mandarlo a “hablar a las piedras” y eso hizo: puso la otra mejilla y fue a hablarle a las piedras. Aquel orador solitario, enfundado en un overol blanco, enfrentó a la persecución política y policial de la época, que era brava porque entonces (faltaban siete años para el Proceso) no había referencia de nada más atroz. Y lo hizo con ironía y sentido del humor. Así fue cómo ese personaje larguirucho y de conversación agradable estampó su primera huella: reunió a centenares de jóvenes en las estribaciones de la cordillera de Los Andes y les hizo escuchar su personal teoría sobre cómo curar el sufrimiento.

Silo también fue “el loco” que no desalentaba a quienes le atribuían dones místicos, llegando a practicar la imposición de manos en rituales que, cuando trascendieron fuera del círculo interno, vinieron al pelo a quienes lo “culpabilizaban” de religioso, características que llegó a disimular tanto que se volvió casi un político, con todo lo malo y lo bueno que esto significa.

Silo fue el líder que dio vía libre al sexo cuando toda forma de libertad sexual era inapropiada (salvo entre los hippies y demás afiliados al Flower Power) y, a la vez, era el tipo que se reía cuando le preguntaban si se creía un Mesías, ya que los elegidos, como todo el mundo sabe, no fuman cigarrillos negros ni beben tanto café. Silo fue el que enamoraba a las novias de sus discípulos, desataba tormentas hormonales en sus cofradías y el mismo que se ponía serio cuando hablaba del compromiso de sus seguidores para promover la paz y combatir la violencia, ideas básicas y casi irreprochables, pero con las que sus amigos entraban en éxtasis; las mismas ideas que confirmaban a los escépticos que lo más sólido de Silo fue su carisma personal y no su doctrina, a la que siempre consideraron una colección de afirmaciones tenues, previsibles y desgarbadas, pronunciadas con el tono admonitorio de una revelación apocalíptica.

Silo impulsó un movimiento, el Humanista (en las antípodas del Humanismo Secular), que combinó activismo espiritual y político. Y no le fue mal. En su género, es uno de los movimientos religiosos más numerosos, influyentes y perdurables que existieron en el país. También logró extender sus ideas a distritos distantes como Rusia e Israel y cercanos como España o Chile.

El movimiento de Silo, a la vez, fue una de las primeras experiencias autóctonas nacidas al dudoso calor de una nueva categoría de desprecio social: la acusación de “secta”, desenvainada ante cualquier grupo que nos cae antipático o en cada ocasión en que el acusador se siente impotente a la hora de probar un comportamiento delictivo.

Silo nunca me cayó ni bien ni mal.

Sólo le puedo reprochar una tontería, su evasividad. Jamás quiso enfrentar las preguntas de los periodistas que no ofrecíamos garantías de obsecuencia.

Y así se fue, en los umbrales del Nuevo Milenio que tanto había esperado y en una Argentina donde los “líderes” o “jefes” religiosos más infames usan sotana, incluso cuando fueron condenados por abuso sexual y manejan, desde confortables quintas con piscina, fundaciones consagradas a hacer felices a los niños.

Alejandro Agostinelli

Video en 5 partes: Silo evoca su arenga en Punta de Vacas, que tuvo lugar el 4 de mayo de 1969. El monólogo no sólo es un modo de “humanizar al gurú humanista”, sus recuerdos y su relato de los días previos son muy divertidos.

¿Creerá Dios en los argentinos?

La Universidad Empresarial Siglo 21 difundió en estos días una encuesta a 1.027 hombres y mujeres residentes en las ciudades de Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Corrientes, San Miguel de Tucumán, Comodoro Rivadavia y Mendoza. El sondeo es una muestra gratis del crisol de creencias criollas y desnuda peculiaridades que se pueden atribuir a una encuesta imperfecta o, quizás, a contradicciones propias del sentir nacional y popular. Hay creyentes que desobedecen por un lado el culto que sostienen por el otro y guarismos que estallan ante las catedrales como si de un complot de Richard Dawkins se tratara. Hay antinomias notables, leves contrariedades, como la de los ateos confundidos, y perlas memorables. Vamos a revisarlas.

Contrariedad 1. Según el estudio, casi el 60 % de los encuestados cree en la vida después de la muerte. También enseña que siete de cada diez argentinos cree en milagros. Y ratifica que nueve de cada diez coterráneos cree en una deidad –tal vez, nebulosamente respetuosa del canon bíblico–. Parte de los no creyentes, confinados en un eterno 10 %, parecen inseguros respecto del significado de la religión: el 23,3 % que “no cree en dios” respondió, a la vez, creer en “una entidad superior”. Esto es curioso. Pero lo es aún más comprobar que casi el 19 % de los no creyentes ¡asegura creer en la vida después de la muerte!

Otros hallazgos confirman los resultados de un sondeo más inquietante, realizado en 2008 sobre 2.403 casos. Es la olvidada Encuesta Nacional Sobre Creencias y Actitudes Religiosas realizada por el CEIL-PIETTE del CONICET.

Contrariedad 2. Los argentinos tienen convicciones autónomas respecto de posturas que la Iglesia Católica defiende con especial ferocidad. El 64 % de la población, por ejemplo, acuerda con permitir el aborto en ciertas circunstancias. Lo mismo opina el 68,6 % de entrevistados católicos, a contrapelo del exasperado antiabortismo eclesiástico. Otra: cerca del 90 % de los argentinos (religiosos y no) pretende que el gobierno facilite el uso de preservativos para prevenir el sida. Un método profiláctico y preventivo de embarazos no deseados que escandaliza a la Iglesia y un atenuante contra el crecimiento demográfico, otra bomba de tiempo que el clero siempre ha minimizado.

Contrariedad 3. Según la encuesta, la mitad de los argentinos dice: “hay que financiar a todas las confesiones religiosas o en su defecto a ninguna”. El 60 % rechaza que el gobierno sostenga solamente al culto católico.  Sólo el 27 % de los entrevistados acepta que el Estado se haga cargo de salarios de obispos y pastores. El trabajo del CEIL-PIETTE es publicado por la Secretaria de Culto, donde hay 2.500 cultos inscriptos y desde donde opera la Dirección General del Culto Católico, que, entre otras cosas, se ocupa de “proponer el proyecto de presupuesto anual para el sostenimiento del culto católico e intervenir en su ejecución.” La Secretaría es muy pluralista o ni sabe lo que publica.

Contrariedad 4. Según una revisión del drenaje de fondos estatales al Episcopado, el periodista Eduardo Blaustein estimó que la Iglesia Católica recibe “más de 2.500 millones de pesos anuales”. Esa caja paga viajes pastorales, 437 institutos que actúan a través de 4.500 casas y obras apostólicas y el sueldo de 122 arzobispos y obispos, 1.600 seminaristas y 640 sacerdotes. El aporte de creyentes en dioses diversos o de desalmados sin credo va a parar a escuelas confesionales, tanto religiosas como muchas otras que figuran como “privadas” o “sin información” (aunque también son parte de la estructura eclesiástica). La encuesta del CEIL-PIETT refleja otra discrepancia: la mitad de los entrevistados quiso una “materia general” de religión y se muestra a favor de subsidiar sólo a aquellas escuelas religiosas que asisten a las poblaciones carenciadas. Sólo 14 % apoya enseñar “exclusivamente” la religión católica. Tal vez, ésta minoría es la que tiende a creer que la Iglesia merece tales privilegios porque “es mayoría” o porque “predica la piedad y la caridad”, dos asertos discutibles de quienes deberían empezar por respetar a creyentes de otros credos o adherimos a una moral sin dogmas, como quería José Ingenieros. ¿Suena muy ridículo invertir esos millones en mejorar la educación pública, laica y gratuita?

Contrariedad 5. La misma encuesta expone que el 76 % de la población católica afirma concurrir “poco o nunca” a los lugares de culto. El 61 % “se relaciona con Dios por su cuenta”, fuera de los ámbitos eclesiásticos financiados por el Estado. Sólo el 23.8 % participa con frecuencia en las ceremonias del culto y un 26.8 % “no asiste nunca”.  Nuestro país sostiene al culto católico desde hace 200 años. España, Brasil, Uruguay y Chile eliminaron ese tipo de financiamiento. “Difícilmente pueda decirse que la Argentina es un país más católico que Chile o España”, escribe Blaustein. En realidad, los practicantes no son tantos como la Iglesia pretende ni sus principios son defendidos por la mayoría que se define como católica.

¿Qué sentido tiene sostener templos que hasta sus fieles dan la espalda? Puede que esos fondos se desvíen por tradición, como aquel granadero que custodia un predio vacío, pero donde hace 127 años había un cañón.

La encuesta, confrontada con el relato social de la Iglesia, habla claro. Mientras tanto, agnósticos, ateos, evangélicos, judíos, budistas, musulmanes, newagers, no religiosos y religiosos sin iglesia son despojados del dinero de sus impuestos. Fondos que la clerocracia luego usa para dar asueto a los alumnos de sus colegios para ir a condenar el matrimonio igualitario, para adherir al código que calla las felonías de sacerdotes pederastas y para conspirar contra cualquier decisión popular, oficial o judicial que afecte a su doctrina, que casi no es aplicada o compartida por los católicos.

La relación entre la Iglesia Católica y el Estado argentino ha dejado de ser solamente parasitaria. Sus fundamentos, si es que alguna vez los tuvo, estallan a niveles de estafa social. ¿No será hora de exorcizar tanta esquizofrenia? ¿O acaso ya ni Dios nos tiene fe?

Alejandro Agostinelli

Una versión resumida fue publicada en la revista Newsweek Argentina del 25 de agosto de 2010.

Addenda: Mario Bunge leyó este artículo y me escribió:
“Si se resuelve sostener a todos los 2.500 cultos, yo me voy a apuntar al de la Difunta Correa. Aspiro a fundar y dirigir la Universidad Camionera Difunta Correa.
Firmado:
Mario Bunge,
Rector, U.C.D.C.”

El lado oscuro de los platillos voladores

“¿Por qué no dedicaste ningún capítulo a José de Zer, a la “mancha” de la Sierra del Pajarito, en Capilla del Monte, o a la locura del Bastón de Mando en el cerro Uritorco? ¿Qué hay de los ‘villanos’ de la familia cósmica, como Guillermo Romeu de Radar-1?”. Estas fueron algunas de las preguntas que recibí de los mejores lectores de Invasores. Historias Reales de Extraterrestres en la Argentina. Hace poco, Diego Erlan, uno de los editores de la revista Ñ, me llamó para preguntarme por qué en Invasores ignoré al “contactado” Francisco Checchi. Erlan había presenciado una charla que dio en la ciudad de Buenos Aires e intentaba reconstruir la historia del “personaje”.
Le comenté que lo conocí en los ochenta, en tiempos de El Club del Curso, un “instituto” que compartía con otro de su linaje, Gustavo Mario Fernández, y al que apropiadamente llamábamos El Club del Curro. Por entonces, tanto Checchi como Fernández estaban intentando vivir de lo que les interesaba: ovnis, tarot, radiestesia y hasta crochet, si la novia de alguno de ellos se animaba a dar un curso sobre tejido. Poco después, Checchi despistó por una variante que nunca supe si en su caso corresponde llamar religiosa, y el otro siguió en la misma: todavía hoy vive de su gran capacidad para adaptar sus “dones” (una verba florida y serpentaria) a la necesidad de los incautos.
A comienzos de los noventa, Checchi viajó con su Grupo Alfa a Catamarca, donde intentó armar una comunidad. Le comenté a Erlan que todas los relatos que escuché sobre aquella experiencia fueron de malos recuerdos y que el hombre volvió a Buenos Aires casi como se había ido, con unos pocos seguidores de la vieja guardia y el mismo recurso recaudador, unos shows audiovisuales que ya eran antiguos en los ochenta. Por supuesto, Checchi actualizó el calendario apocalíptico. Ahora, no sitúa al Armagedón a fines del siglo XX sino hacia diciembre de 2012, tal como lo asegura en un dvd que  le dedicó al tema que no, no tendré la paciencia de ver. Además para qué, si ya nos habla de todo eso el propio Erlan en la lúcida y sintética crónica que publica en su sección “Flora y Fauna”, publicada ayer sábado (que se puede descargar aquí mismo porque la nota no es parte de la edición online.)

Cuando la homeopatía es comic, parodia y ficción

-OK, esta vez he diluído el semen 30x.
-¡Ahora sí quedaré embarazada!

Xkcd -el famoso comic geek- dedicó hace poco una tira a la homeopatía. Es que los disparatados principios y presupuestos que siguen los homeópatas para pretender que el agua “dinamizada” cura cada tanto da pie a simpáticos gags y parodias en series de ficción y animaciones (cita). Un par de mis favoritos.

Futurama, guionada por científicos, le pegó un par de globulitos (gracias a C. Sánchez y Carolus).

El programa That Mitchell and Webb Look se ocupó de las urgencias médicas con terapias New Age (cita).

¿Conoces algún otro sketch sobre el tema?

La isla desencantada: al final de “Lost” estaba el túnel

¿Qué final hubiese debido tener Lost (Perdidos) para satisfacer a millones de fans, muchos de los cuales siguieron la serie como si fuese una religión?
No pocos lostadictos preveían un final diferente. ¿Cómo suponer que iba a terminar de la manera que tantos habían conjeturado, y que sus propios guionistas habían descartado?
De todos esos millones unos pocos, quizás, sabían que nada de lo que sucediera iba a dejarlos satisfechos; en el ejército de resignados una facción siguió fiel por gusto o porque, más allá de cuál fuese el final, descubrió que la historia de esa isla y la de sus habitantes –esa procesión de seres extraviados y sus conflictos polimorfos– ofrecía un relato disruptivo de la realidad, una vuelta de rosca que nutría sus rutinas.
Muchos otros, tal vez, confundieron un programa de televisión, una serie dirigida a una audiencia mundial, con una religión personal. Y esperaron que Lost fuese una réplica aggiornada de la religión en su sentido clásico, universal y estereotipado: todas las preguntas diseminadas a lo largo de seis temporadas –tal era la esperanza, o quién sabe si la súplica-, iban a ser contestadas en The End, el último capítulo, como si fuese posible compactar en 150 minutos todas las respuestas -como si la complejidad de la Vida y el Universo entrase en las páginas de un solo libro-. Una esperanza exagerada recibe una contraprestación de igual signo: el espectador fundamentalista, quizás, merecía el final que tuvo.

Otros, al revés, lograron entrar en la fase REM de una propuesta de misticismo explícito, y descubrieron un sentido profundo y personal en su caótica, y sin embargo siempre ascendente, estructura narrativa. Tal vez ellos, apropiándose de un sentimiento común entre los apostatas, todavía meditan, buscan un significado oculto a aquel reencuentro en esa iglesia de vitrales politeístas, y toman de la experiencia algún concepto aprovechable.
Ahora, la polifacética historia de los sobrevivientes del accidente del vuelo 815 de Oceanic Airlines terminó. Visto el final, un ramalazo de furia y decepción trepó por las arterias de los insatisfechos. La rabia explotó en blogs, redes sociales y otros reductos tabernarios. La mitad más uno acaso creyó que seis años de masticar alquitrán iban a servir para disfrutar de un cierre más ingenioso que el de Sexto sentido. Pero también es verdad que un final donde encajasen todas las piezas era un sueño imposible de cumplir. ¿Debemos ser indulgentes? ¿Hay que perdonarle la vida a J.J. Abrams? Un desenlace previsible ¿opaca la riqueza de su trama? Para buscar esta respuesta basta refrescar un dato: cientos de miles de fans empezaron a ver Lost siendo adolescentes de 14 años que hoy son universitarios de 20. El programa tuvo algo que ver con lo que son.
En alguna nota que leí sobre Lost –que no ví completa- un guionista anticipó que nunca pensaron en responder todas las preguntas. “Explicar algo místico lo desmitifica”, dijo.
La religión es como el arte: no puede dejar conforme a todo el mundo. Y es de un material difícil de roer por los Refutadores de Leyendas.

Alejandro Agostinelli