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Entre vampiros, abducidos y tarotistas

El año pasado, en plena zozobra de Magia Crítica, leí una docena de libros que quise reseñar, sobre un total algo más numeroso que podría subdividir entre los que abandoné por tedio y los que me gustaron pero llegué tarde para dar parte de la novedad. De la única editorial que recibí libros a granel (y no porque los editores me conozcan sino porque casi todos los autores son amigos, o amigos de mis amigos) fue Laetoli, una colección dirigida por Javier Armentia y editada con la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico (SAPC). En pocas palabras: media docena de los libros de crítica a la pseudociencia que leí el año pasado fueron publicados por Laetoli y, mea culpa, no los mencioné. Nunca encontraba el tiempo y relegaba mis impresiones para más adelante. Uno de los motivos de tanta postergación no era inocente: el nombre, y por lo tanto la consigna, de la colección no me caía bien. De verdad, sigo convencido de que llamar a una serie de libros dedicada al pensamiento crítico “¡Vaya timo!” es una sonora tontería. Tan básico como titular a una colección de libros sobre ovnis “¡Están entre nosotros!” o cualquier otra noción que me grite en qué dirección debo pensar.

De hecho, alguno de esos libros me hizo correr un escalofrío ya que pude ver cómo ciertos autores forzaban un lenguaje despectivo, incluso gratuitamente despectivo, cuando sabía que ese no era el estilo que les caracterizaba (al menos no cuando los leí en contextos que ellos controlaban), siendo para mí claro que cargaban las tintas porque la colección estaba bajo la advocación de una sociedad escéptica que eligió “¡Vaya timo!” por título, sin matices, sin margen para dudas, sin otra argumentación que no fuera la denuncia del timo y como si no hubiera otra cosa para hacer que destrozar la mecánica del engaño. Esa arrogancia del escéptico militante que proclama cuán chorlitos somos los que nos dejamos engañar por las paraciencias (como si la complejidad de todo el asunto se redujera a la mismísima nada si todos tuviéramos la habilidad de burlar los engaños) siempre me ha parecido pueril, al punto que alguna vez llegué a pensar que enfrentar supercherías es una tarea demasiado delicada para dejarla en manos de refutadores profesionales de supercherías.

¿Quiero decir que no hay que vaciar el cargador contra mentirijillas flagrantes como las que acometen a diario tarotistas, astrólogos, homeópatas, ufólogos y/o curanderos? Tal vez, porque esta perspectiva sobreentiende que la intensidad con que son atacadas las “falsas creencias” (sic) mejora la fumigación. Sin embargo, tengo para mí que el desarrollo ponderado de argumentos destinados a desarticular el andamiaje de cierto credo, fe o dogma no se lleva bien con la expeditiva y previsible descalificación del escéptico combatiente.

Si a la impunidad del charlatán le oponemos el descrédito vía ataque ad hominem o el cómodo recurso de desautorizar ideas sin tomarnos la molestia de desmontar sus falacias, no seremos mejores que los promotores de dogmas. Ahora bien, ¿esto es lo que hacen los autores de  “¡Vaya timo!”? Curiosamente, no. Porque, aclaro por si acaso, hasta ahora sólo hablé de mis prejuicios hacia una colección llamada “¡Vaya timo!” y casi nada de los contenidos de la colección “¡Vaya timo!”.

Cada libro le es encargado a un especialista que conoce el paño. Y el desafío que casi todos han superado fue resumir en menos de 150 páginas, en un lenguaje apto para adolescentes de escuela media, la historia, la información y las bases de creencias, mitologías y pseudociencias, así como los cuestionamientos científicos que éstas supieron conseguir.

En este sentido, una de las obras mejor logradas es la que el periodista valenciano Javier Cavanilles dedicó al Tarot. Obra que, por carácter transitivo, ayuda a entender lenguaje, historia y mañas de otras mancias. Impresiona descubrir cómo –desde la Italia del siglo XIV– un simple juego de cartas acabó convirtiéndose en la técnica de adivinación más popular del siglo XX y umbrales del XXI. También es meritoria la revisión histórica que hizo Jordi Ardanuy en el “timo” (vaya, ¡qué otra cosa podía ser!) de los vampiros, quien describe la estructura de la simpatía por Drácula y de otras criaturas sobrenaturales rebuscando en los orígenes de este asunto, que en otra época disfrutó de la credibilidad que hoy tienen los abducidos. Jordi hinca el diente al misterio con un repertorio de experiencias y testimonios que dispara el interés de quienes ignoran desventuras y leyendas de los chupasangres europeos.

El libro que encargaron a mi amigo Luis R. González encierra la doble virtud de informar con erudición y ofrecer ejemplos divertidos sobre la cuestión del raptado por extraterrestres. Y en su obra dedicada a los ovnis Ricardo Campo, pese a su acostumbrada sobrecarga de adjetivos (redundante para el escéptico y repelente para el creyente abnegado), rebate los argumentos tópicos con que fatigan el deseo de creer los enamorados de la hipótesis extraterrestre.

Hay libros de la serie que no leí o cuya lectura no completé, como el de Carlos Santamaría y Ascensión Fumero sobre Psicoanálisis, el de Gonzalo Puente Ojea dedicado a la religión (otro ejemplo paradigmático donde el apelativo “¡Vaya timo!” queda chico), el celebrado monográfico de Eugenio Fernández Aguilar, que desmonta la conspiración lunar defendida por los escépticos de la Misión Apolo, y el seguramente esclarecedor ensayo de Ernesto Carmena sobre el creacionismo.

La cosa es que decidí liberar mis reflexiones a propósito de esta colección porque no sobran libros críticos en español sobre estas materias, mayormente dominadas por la literatura comercial de entretenimiento, el charlatanismo o el periodismo superficial, y porque desde hace poco es posible conseguir sus ejemplares en Sudamérica a través de la exportadora de libros La Panoplia de Libros, la cual -según reza su web- trabaja con las mejores librerías y distribuidoras de cada país (salvo Colombia, donde la colección es distribuida por Siglo del Hombre).

Para terminar, si bien sé que exponer mis ideas sobre el concepto que rige a una colección bien intencionada puede incomodar, también debo decir que estos libros son una necesidad. En medio de ese oleaje de contradicciones estamos y pese a las inclemencias celebro a la colección de Laetoli (llámese como se llame).

10-10-10: teología del número bonito

Magia y matemática.
No debería haber contradicción más abismal. Sin embargo, algunos hicieron carrera aprovechando esta relación. No usan los números para hacer cálculos: les otorgan significados y son capaces de construir puzzles esotéricos con nociones de equilibrio, progresión y hasta de belleza. A cada valor le atribuyen una letra, un nombre o una medida. Y estos datos conducen, casi siempre, a los resultados deseados.
La numerología puede estar al servicio de las personas o del cuerpo teórico de alguna religión. También tenemos teofanías apocalípticas afectas a los números redondos, como la del año 2000, bonitas y kubrickianas, como la del 2001, o mágicas, como la del 2012, que cometió el pecado de tergiversar una cultura milenaria en nombre de la dudosa estirpe de los mayas galácticos.
Otro asunto es la pareidolia numerológica, aquellos números tratados como cosas que tienen una apariencia pero son otra. Es que a nuestro sistema perceptivo le aterroriza la confusión y el cerebro busca correlaciones que den sentido al azar, a lo que no parece tener sentido o explicación. Ejemplo: tras el 11-09-01, algunos hicieron encajar el calendario, la cantidad de difuntos y hasta las letras de los países implicados en una suerte de “clave maestra”. Esto que parece un desvarío quizá enseña una lección: la numerología “ayuda a entender” así como las teorías conspirativas “tranquilizan”. Estas ilusiones sociales no son tanto paranoia como teología, ya que persiste la creencia según la cual “alguien”, en alguna parte, administra el caos.
Llámese Dios, el Club de Bilderberg o los mismísimos extraterrestres.

Alejandro Agostinelli

(Esta columna iba a publicarse hoy en el Diario Perfil; pero sólo salió la cobertura “de color”, que sigue el concepto que adelantábamos acá: da credibilidad al rumor según el cual algunos grupos “esperaban ovnis” y pasa de hacer una reflexión crítica sobre el asunto.)

Imágenes: Arriba, en Minnesota hoy organizan una “fiesta por la descompresión”. Abajo, la respuesta a “La gran pregunta” según La Guía del Autoestopista Galáctico (WolframAlpha).

Lloramos tanto a Blanca

La semana pasada, cuando la mentalista de los famosos murió, fue posible leer títulos como “Dolor por la muerte de Blanca”. ¿Quiénes lloran a Blanca Curi? ¿Sus familiares? ¿Sus clientes? ¿El pueblo? Es posible que Mirtha Legrand le dedicase un párrafo conmovedor, ya que siempre tuvo en su mesa un plato caliente para ella, instigando la sospecha del espacio rentado. “Dolor por Blanca”. La muerte sorpresiva dispara el título fácil, el lugar común. La muerte lo es: nos espera a todos a la vuelta de la esquina. Por eso, cruzar el umbral, o el instante en que la vida cesa, no es excusa para apologías ni para la omisión piadosa.

El fin de la vida de alguien que se ha enriquecido a expensas del anhelo de muchos por creer en la realidad de la videncia o en la eficacia del tarot, merece algo más que el obituario de ocasión. No hizo falta tener la bola de cristal para ver venir el aluvión de necrológicas que ensalzaron cualidades, y desestimaron miserias, de la adivina muerta. Como sucede con otros llamados mediáticos, el peso del personaje ya difuminaba las circunstancias por las cuales llegó a disfrutar de cierto prestigio social.

Blanca Curi, Antonio Las Heras, Herrou Aragón, Aschira, Horangel, Fabio Zerpa y tantos otros no son, apenas, oportunistas que han vivido, o viven, de la credulidad de sus semejantes. Son las aristas visibles de un remoto andamiaje social. Jesús dividió las aguas y restituyó la vista a los ciegos, Aladino invocó al genio de la lámpara para cumplir sus deseos y a lo largo de la Historia otros héroes, reales o ficticios, ofrecieron su cuota de poderes sobrenaturales, amuletos maravillosos y otras iconografías mágicas.

La creencia en la astrología o que existen individuos que poseen facultades psíquicas trasciende a las figuras de fama más o menos paranormal. Las generaciones se renuevan. Un buen día, la magia de Carlos Luconi se desvaneció y fue sustituida por la picardía de Ricardo Schiariti. Otro día la escoba de Lily Süllos dejó de barrer y la retomó Leevon Kennedy, beneficiada por un módico atenuante: el que crea en quien dice ser –hija ilegítima de JFK y Marilyn– merece ser despojado hasta de la pelusa de los bolsillos.

Pero la promoción de la videncia no empieza en la tele. Los medios amplifican un fenómeno de base: todos los días, millares de brujos y mentalistas ofrecen sus sospechosos talentos en clasificados, afiches callejeros o imanes de heladera de todo el país y más allá. Las afirmaciones mágicas son sistemas de signos propios de las culturas. Son prácticas arraigadas y difíciles de regular; el límite sólo lo pone la estafa flagrante.

En los noventa, tres grupos de parapsicólogos intentaron armar un marco legal para evitar controles que exijan, por ejemplo, probar la efectividad de sus pretensiones. Una asociación sedujo al ministro menemista Erman González, quien estuvo dispuesto a impulsar una colegiatura para las actividades mánticas. Ninguna de estas iniciativas prosperó, sirviendo en bandeja un inquietante argumento a los refutadores de hechicerías.

La predisposición social a aceptar la realidad de los milagros es indiscutible: siete de cada diez argentinos los creen posibles. Algún antropólogo podría arriesgar que la preexistencia de estas creencias debería desdramatizar la insoportable visibilidad de ciertos personajes. Ahora, ¿eso justifica que nos acompañen hasta en el desayuno?  A nadie le sorprende que un productor radial entreviste a un astrólogo para consultarle si saldrá el sol o lloverán sapos, está naturalizado que las visiones de un paragnosta adornen los pronósticos deportivos y hay rabdomantes que buscan desaparecidos escaneando retratos con péndulos, a pedido de ciertos programas de televisión.

Entre medios de difusión y brujería hay un perverso sistema de alianzas que satisface necesidades complementarias. El medio entretiene o pelotudiza con ilusiones a costo cero. Y el vidente usa la celebridad que el medio le presta para persuadir a sus potenciales clientes de su legitimidad, como si una carta natal fuera más creíble porque un eventual acierto alcanzó los titulares de Crónica TV, y no porque algún estudio hubiese demostrado, en vez de refutado, la influencia de astros distantes sobre la materia.

También se da una relación perversa entre quienes ofrecen servicios mágicos y los consumidores. ¿Quiénes consultan a brujos, tarotistas o adivinos? No son personas que estén pasando por su mejor momento. Pasan, más bien, por el peor. Son hombres y mujeres golpeados. Han buscado respuestas por todas partes y acuden al nigromante aconsejados por amigos, avisos o notas periodísticas, que instalan a estos personajes sin cuestionar los dones que pretenden poseer. Los clientes son personas con las defensas bajas, con las pilas gastadas, incapaces de madrugar la picardía de quien detenta el control del “escenario terapéutico”. Difícilmente denuncien estafas o engaños: visitar a un exégeta de la borra de café, a una numeróloga, a una tarotista, tiende a ser un tipo de cita tanto o más vergonzante que el burdel (no en vano Blanca Curi insultó hasta en arameo a Tangalanga, cuando en una de sus llamadas preguntó a la vidente si en su departamento funcionaba un prostíbulo.)

La televisión, la radio y los medios gráficos (especialmente las revistas femeninas) igualan a los prestadores de servicios de adivinación con otras voces (cuando no las sepultan, sobre todo si son científicas). Esta tradición mejora la imagen de prácticas que –salvo el caso de quienes las consumen a modo de diversión– no sólo no resuelven sus problemas sino que les suma otros: daños imaginarios, enemigos irreales, diagnósticos erróneos o interesados y otras “visiones” que crean la ilusión de haber solucionado conflictos que siguen intactos, aumentando el estado de desamparo, incertidumbre e indefensión.

El mito positivista del consultante desolado, desesperado, acosado por problemas médicos, familiares o laborales que “pertenece a las clases bajas” o “posee escasa cultura” tampoco ayuda a entender el fenómeno, siendo prácticas que reclutan entre su clientela a todas las capas sociales y niveles educativos. El “éxito” del adivino moderno descansa en la lectura en frío, la sugestión, la memoria selectiva, los recuerdos tergiversados y en el temor a denunciar a quien podría hacer un “daño”. Es, en este caso, el temor al poder. “Los seres humanos –escribió Karl Popper– se sienten inclinados a venerar el poder. Pero la adoración del poder es una de las formas más despreciables de idolatría y servidumbre. La veneración del poder nace del miedo: de un sentimiento que despreciamos con razón”.

Seguimos sin saber quiénes, o por qué, lloran a Blanca. Sin duda, familiares y amigos tendrán sus motivos, imposibles de cuestionar. De lo que caben pocas dudas es que ejerció un oficio poco virtuoso: el tenebroso poder psíquico de los adivinos huye de los controles científicos como los escépticos huyen de tomarlos en serio.

No es una ecuación en equilibrio: ganan los que prueban sus afirmaciones y no hacen promesas sensacionalistas.

Alejandro Agostinelli

La “espiral de Canadá”: obra digital de un falsificador serial

Hace un par de días comentamos la llamada “espiral de Canadá” y nos preguntábamos cuál podía ser la relación entre este material y el espectacular fenómeno espiralado observado, filmado y fotografiado en Noruega en diciembre del año pasado, identificado como un misil balístico ruso. Bien, había una relación pero, ejem, era diferente a la que suponíamos. Manuel Borraz, un agudo experto en identificación de ovnis de la Fundación Anomalía, mencionaba ayer que, a varios días de un suceso  de esta magnitud, que de haber ocurrido debió tener miles de observadores, era significativo que todos los caminos llevasen al sitio TheWatherSpace.com al googlear la espiral de Canadá. “¿Le estarán colando un gol?”, se preguntaba.



Fue el amigo brasileño Kentaro Mori, editor de Ceticismo Aberto, quien dio la voz de alerta: Kevin Martin, un joven meteorólogo del sur de California, había sido el falsificador. Casi al mismo tiempo, TheWeatherSpace.com entrevistaba a Martin, quien explicó cómo había realizado los trucos, un verdadero fiasco serial, ya que utilizó seudónimos diferentes para las “evidencias” que coló al sitio. Su intención -dijo- fue poner a prueba la credulidad de estadounidenses y europeos. Su conclusión: los europeos son “menos ingenuos”, quizá porque el montaje no cuajó en Europa y sí en los Estados Unidos, donde hay “un creciente número de teóricos de la conspiración”. En su página en Facebook, Kevin da el enlace al Russia Today, noticiero que no esperó ninguna confesión para publicar el video con un sano tratamiento escéptico.

Martin no era un novato. Borraz detectó un artículo, publicado en diciembre de 2009, en el cual Martin se interesaba por la “espiral noruega”. En aquella nota y en dos videos didácticos (disponibles aquí y aquí), Martin muestra cómo, mediante una sencilla operación matemática, calculaba la altitud y la fase en la que se hallaba la trayectoria del misil ruso, lanzado desde el Mar Blanco.


Esta es la razón, entonces, por la que su fraude se parecía a la espiral de Noruega: había aprendido a imitarlo con un programa de animación gráfica. Martin confesó muy pronto el engaño y sólo le dio algunos dolores de cabeza a TheWeatherSpace: por su escasa difusión no amerita sumarlo a la línea de montajes de marketing viral registrada el año pasado.
Puso a prueba, en cambio, los reflejos de quienes seguimos estas noticias. (Los míos, confieso, fueron bastante lentos). “Si la fuente es anónima -recuerda Mori-, el video no posee valor”. Como sucedió con la falsa invasión de ovnis en Galicia producida por Terra España, “nunca hay que confiar en sucesos informados por una sola fuente noticiosa”.
En este caso, WeatherSpace fue el único medio que divulgaba los videos (con la excepción de algún ufólogo vinculado al proyecto Disclosure) . Todas las fuentes, todos los testimonios, eran falsos.
En su página en Facebook, Kevin Martin ahora promete “otra falsa alarma en Los Ángeles, esta vez con un video en movimiento, y no con gráficos computados”. ¿Cuándo? “El 4 de julio”, responde.
La broma parece estar en marcha: será complicado distinguir a sus ovnis entre los fuegos artificiales que –según las previsiones- serán lanzados esa fecha.

El vendaval filosófico

En la Argentina no sobran héroes, mucho menos héroes epistemológicos. Bueno, en realidad tenemos uno. Tiene ojos claros, diecinueve doctorados honoris causa, se acaba de jubilar como Profesor Frothingham de Lógica y Metafísica en la Universidad McGill, en Montreal, Canadá, y, para muchos, es el mayor filósofo argentino vivo. Mario Augusto Bunge está empeñado en retener sus títulos unos cuantos años más: con noventa septiembres sobre los hombros, su pasión, fortaleza y lucidez siguen intactos.
En marzo pasado volvió a la Argentina. En cualquier país despierto, la Facultad de Filosofía y Letras, las autoridades estudiantiles y académicas de la UBA y del Ministerio de Educación abrazarían a un intelectual con sus quilates. Pero para estas instituciones, Bunge siempre fue un avispón sobrevolando la carótida.
Sin embargo, esta vez algo cambio. Un activo núcleo de amigos le organizó una maratón de charlas en todo el país. En Rosario inauguró el ciclo lectivo de la Universidad Nacional del Litoral y dio cuatro conferencias (auspiciado por una empresa líder en máquinas herramienta); en la Facultad de Astronomía de La Plata habló sobre la matriz filosófica del progreso científico (gracias a un convenio entre la facultad de Economía de la UNLP y la Asociación Civil Barrios del Plata); en la Facultad de Derecho de la UBA dio una charla sobre socialismo y en Ciencia Exactas, otra sobre filosofía de la ciencia.
Mientras los auditorios colapsaban y los medios le suplicaban un hueco en su abigarrado tour, Bunge visitó a familiares, invitó a sus amigos a cenar en el Club del Progreso y recibió dos distinciones: una de la ciudad de Santa Fe, que lo nombró Visitante Ilustre, y otra de la Legislatura porteña, que lo declaró Personalidad Destacada “en reconocimiento a sus aportes en los campos de la cultura, la investigación científica, la educación y la democracia”. En la Legislatura agradeció cierta falta de hostilidad. “Mis canas deben dar lástima”, musitó.
Pero fue la calma antes de la tormenta. Dio cuatro reportajes que dejaron un tendal de egos golpeados, corporaciones aturdidas y gremios malheridos. La pseudociencia en general -y el psicoanálisis y las medicinas alternativas en particular- no figuraban en su agenda. Pero hacer hablar a Bunge de temas con calado popular (a pocos les interesan sus aportes a la filosofía política, la bioética o la física teórica) ayuda: siempre tiene algún titular incendiario para regalar a los editores.

VERBOTERAPIAS. Dijo al Diario Perfil que para impulsar la psicología científica en el país había que cerrar la Facultad porque “no cumple sus funciones”, despedir a los viejos profesores para evitar el mal ambiente con los nuevos, e invitar a psicólogos auténticos. “Así, en veinte años, habrá un núcleo con masa auténtica para que haya investigación en el país”. Para Bunge, reducir la psicología al psicoanálisis (doctrina que aún prevalece en esa Facultad) “es una estafa a los estudiantes y a los contribuyentes”. Acto seguido, la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA) distribuyó una gacetilla titulada En defensa de la salud mental de la población. Para lograrlo no se atrevieron a sugerir un suicidio en masa. Pero, metafóricamente, celebraron un ritual parecido: los directivos de la APBA vincularon a Bunge con la promulgación de la Ley de Salud Mental Nacional, demorada en el Senado, y la reacción ante ésta de “los sectores ligados a los medicamentos”. La APBA también imaginó un complot mediático (pifió al englobar a Perfil y Radio 10, que leyó la entrevista, en un mismo grupo empresario) y relacionó las declaraciones de Bunge con la intervención fascista de Ottalagano e Ivanisevich en esa facultad y la desaparición de psicólogos y estudiantes durante la dictadura. “El argumento según el cual el psicoanálisis debe ser bueno porque fue combatido por la dictadura militar se parece a este otro: la mafia italiana debe haber sido buena porque fue combatida por Mussolini, quien no toleraba competidores”, ironiza Bunge.
El Colegio de Psicólogos de Córdoba también repudió sus dichos. No por confundir a la psicología con el psicoanálisis: Elsa Bravo, presidenta de ese Colegio, asume que ambas disciplinas son lo mismo y lo acusó de promover “la instalación definitiva de una concepción de la salud biologista y mercantilista”, cuando la vocación científica de Bunge siempre ha sido sistémica y su filosofía económica, en las antípodas del neoliberalismo. “Es una campaña sindical: defienden su derecho a cobrar por embaucar, en lugar de probar la eficacia de sus verboterapias con experimentos y estadísticas”, replica Bunge.
El último fusible en saltar fue una serie de cursos de Posgrado en Homeopatía, Medicina Ayurveda y Medicina Tradicional China y Acupuntura que iba a dictar la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). “Esto es volver a la Edad Media”, impugnó Bunge en La Voz del Interior. Gustavo Irico, decano de la Facultad, defendió a los cursos por ser “informativos”, negándoles su carácter de Posgrado. Pero en realidad lo eran, su costo oscilaba entre los 4.800 y 16.000 pesos y se realizaban en el marco de una Secretaría de Graduados a cargo de dos médicos homeópatas, Manuel Jofre y René Llabot. Las palabras de Bunge y el asombro de Mario Fernández, presidente del Colegio de Médicos de Córdoba, obligaron a la UNC suspender la iniciativa. “No hay ninguna evidencia científica de que esas prácticas son efectivas”, acotó Oscar González, ministro de Salud de la Provincia.
Guillermo Alonso, jefe del Servicio de Acupuntura del Hospital de Clínicas Nicolás Avellaneda, de Tucumán y formado en la Universidad de Medicina Tradicional China de Tian Jin, adonde asistió gracias a un convenio con el Conicet, celebró la polémica: “Permite discutir algo que estaba antes oculto”, dijo, seguro de que las credenciales que obtuvo para ejercer su especialidad legitiman científicamente a las agujas chinas.
¿Hace falta la indignación de una autoridad académica para investigar las ilusiones de curación que prometen las medicinas alternativas? Hubiera sido mejor que no. Por ahora Mario Bunge, nuestro joven superhéroe epistemológico, habla y desata vendavales en una universidad de digestión lenta, aferrada a dogmas y, en muchos casos, esclerosada.

Alejandro Agostinelli

Columna publicada originalmente en Newsweek Argentina Nro 195, 28/04-2010

“El vendaval filosófico” (en pdf), descargar desde aquí.