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Diga “33”

La grandiosa epopeya que rescató de las fauces de la Tierra a los mineros chilenos nos llevó de regreso al mágico significado de los números, siendo el “33” (la cantidad de trabajadores de la mina San José rescatados esta semana) el código que abre la caja de la alegría, la suerte y los milagros, gracias a las más diversas combinaciones, empezando por la edad de Cristo y siguiendo con el número de días que llevó cavar el túnel por donde salieron, uno tras otro, hasta contar 33 mineros.


Durante estos días se ha mentado, repetido e insistido tantas veces la bendita cifra que las muchedumbres tomaron Quinielas y Loterías por asalto para hacer la misma apuesta, que si salía bien iba a socializar como pocas veces el pozo de la fortuna. Sin embargo, el juego ignoró al 33, causando oleadas de mal humor entre miles de cabuleros dados a la numerología.
Otros consultaron el manual de interpretación de sueños y optaron por el 11, número que representa al minero. Y les fue mejor: ayer, en uno de los sorteos de la lotería de la Provincia de Buenos Aires, salió el 3711 en primer lugar.
¿Qué puede significar esto? Bueno, muchas cosas diferentes. Si me apuran, se me ocurren dos. 1) Que el azar es más fuerte que la magia. 2) Que Cristo (porque eso es lo que representa “33” en el manual de los sueños) le escapó al azar porque no cree en la predestinación, ni en los números benditos.
Lo importante -obvio- es que los 33 mineros chilenos ya están a salvo. Gracias a la solidaridad, la tecnología y a un conjunto de decisiones adecuadas, una de las lecciones más importantes del rescate excede a la numerología: estas experiencias ayudan al Hombre a creer más en sí mismo. Y creer en nuestra especie es un gran antídoto para aventar los excesos de fe en causas ajenas a la voluntad propia y colectiva.

Nota: Recomiendo visitar El corazón del bosque, donde te sorprenderá saber cuántos chilenos fallecieron en accidentes mineros en lo que va de 2010.

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10-10-10: teología del número bonito

Magia y matemática.
No debería haber contradicción más abismal. Sin embargo, algunos hicieron carrera aprovechando esta relación. No usan los números para hacer cálculos: les otorgan significados y son capaces de construir puzzles esotéricos con nociones de equilibrio, progresión y hasta de belleza. A cada valor le atribuyen una letra, un nombre o una medida. Y estos datos conducen, casi siempre, a los resultados deseados.
La numerología puede estar al servicio de las personas o del cuerpo teórico de alguna religión. También tenemos teofanías apocalípticas afectas a los números redondos, como la del año 2000, bonitas y kubrickianas, como la del 2001, o mágicas, como la del 2012, que cometió el pecado de tergiversar una cultura milenaria en nombre de la dudosa estirpe de los mayas galácticos.
Otro asunto es la pareidolia numerológica, aquellos números tratados como cosas que tienen una apariencia pero son otra. Es que a nuestro sistema perceptivo le aterroriza la confusión y el cerebro busca correlaciones que den sentido al azar, a lo que no parece tener sentido o explicación. Ejemplo: tras el 11-09-01, algunos hicieron encajar el calendario, la cantidad de difuntos y hasta las letras de los países implicados en una suerte de “clave maestra”. Esto que parece un desvarío quizá enseña una lección: la numerología “ayuda a entender” así como las teorías conspirativas “tranquilizan”. Estas ilusiones sociales no son tanto paranoia como teología, ya que persiste la creencia según la cual “alguien”, en alguna parte, administra el caos.
Llámese Dios, el Club de Bilderberg o los mismísimos extraterrestres.

Alejandro Agostinelli

(Esta columna iba a publicarse hoy en el Diario Perfil; pero sólo salió la cobertura “de color”, que sigue el concepto que adelantábamos acá: da credibilidad al rumor según el cual algunos grupos “esperaban ovnis” y pasa de hacer una reflexión crítica sobre el asunto.)

Imágenes: Arriba, en Minnesota hoy organizan una “fiesta por la descompresión”. Abajo, la respuesta a “La gran pregunta” según La Guía del Autoestopista Galáctico (WolframAlpha).